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GITANOS: CULTURA GITANA

Lidia Contreras Contreras

Vícar, 19/10/2010.

En un pueblo de Almería vivía ...

En un pueblo de Almería vivía un matrimonio con tres hijos: un chico moreno, alto, de ojos marrones, mirada triste y una sonrisa llena de ternura. Era el mayor.
Tenía dos hermanas. Una de quince años, morena, de mediana estatura, alegre y con la mirada descarada. Y una pequeña de cuatro años, gordita y muy traviesa.
Vivían todos felices hasta que un día llegó un grupo de hombres.
- Queremos hablar con usted- le dijo el más anciano al padre de la niña.
- Pasen y hablaremos- contestó él.
Se sentaron alrededor de una mesa y uno de ellos habló con una voz grave:
- Bueno, Antonio, su hija ha cumplido los quince años y a mi hijo Juan le gusta. Venimos a pedir su mano.
- Pues si la quiere, que empiecen a noviar- dijo el padre.
Alba no quería comprometerse con nadie, pero ya era tarde. Las costumbres pasaban por encima de los sentimientos y no había vuelta de hoja, pronto regresarían a por ella.
Pasó una semana durante la cual los muchachos se veían siempre acompañados por el hermano de Alba.
Llegó el tiempo verde, el de los albaricoques, cuando todo el campo está cuajado de amapolas, campanillas y margaritas de todos los colores. Un pequeño riachuelo cruzaba el paisaje.
 
 
Juan le dijo a Alba:
- Vámonos, ha llegado la hora de casarnos.
Y así se hizo.
Estuvieron tres días fuera, en la casa de unos tíos más ancianos. Pasados éstos, se trasladaron a vivir con Antonio. Pero al llegar no estaban solos, los acompañaban más de sesenta personas cantándoles a los novios y dándoles la enhorabuena.
Se pararon en el portal, salió el padre de la novia y dijo al ver a su hija:
- Pasad, y que vuestro jardín florezca como ha florecido el mío.
Pasó el tiempo. Llegó el día en que, sin darse cuenta, la bendición más esperada se hizo realidad.
- ¿Qué te pasa?- Le preguntó el esposo a una joven resplandeciente de gozo.
- Vas a ser padre- contestó ella.
El regocijo y la alegría fueron sus compañeros.
Llegó la hora del parto, empezaron los dolores, Alba pensaba que no podía seguir, cuando de repente oyó el llanto de su bebé.
- ¡Una niña! - gritaban todos.
- ¡Es una niña, que hermosa es¡ - decían al ver a su hijita.
El bebé se iba a llamar Arancha. Era la esperanza, la bella ternura que uniría aún más a Juan y Alba pues ésta pensaba que si le daba lo más bello de su vida, se querrían mucho más.
Pensó mal, pues había nacido una niña y estas familias lo que más desean son hombres para su clan.
Sólo ellos tenían derecho a opinar, las mujeres sólo sirven para estar en casa y callar, nunca deben abrir la boca. La que se atreva a opinar es apaleada delante de toda la familia.
Surgieron problemas, pues lo que Alba consideraba amor se fue convirtiendo en odio día a día. Como crecía el bebé, también la distancia y la mentira iba aumentando.
El matrimonio duró solamente cuatro años, en los que ambos aprendieron el significado del odio y la soledad, y la amistad no tenía sentido en la relación.
Dicta la costumbre que la mujer que deja a su esposo no tiene derecho a nada, pierde todo cuanto posee y, lo más triste, el derecho a tocar a sus hijos.
Fueron días amargos que se convirtieron en años cargados de resentimientos y presagios. Sólo la mantenía viva el recuerdo de su hija Arancha, el pensar que algún día la abrazaría y sentiría de nuevo ese don especial de criar a su hija y enseñarle tantas cosas…
Decidió irse a otro pueblo pues no podía soportar más el ver a su criatura y no poderla tocar.
Fue entonces cuando la amistad de una buena persona despertó en ella la curiosidad, la de vivir la vida sin mirar atrás.
Sin saber cómo, se enamoraron y poco a poco Alba aprendió aquello que jamás había existido para ella: el saber de la ternura, el amor, el criticar, cosas todas que ella consideraba que estaban mal.
- No están mal- dijo Salvador -lo que pasa es que nunca te han dejado ser una persona, te han mirado como el que tiene una muñeca para jugar. Tienes todo el derecho a expresar tus sentimientos y opinar por ti misma.
Alba fue comprendiendo.
Pasado un tiempo, Salvador decidió hablar con Antonio:
- Quiero salir y conocer mejor a su hija Alba.
El padre aceptó de buen grado pero según pasaban los días la familia de la muchacha sólo deseaba que se casase para quitarse de encima lo que consideraban una vergüenza: tener a una hija mal casada, manchada, marcada por la lengua de los que no tienen corazón.
Comenzaron a blasfemar sobre los enamorados para casarlos a la fuerza. Pero ellos no hicieron caso, porque sobre todas las cosas tenían lo mejor de una relación: la amistad, la sinceridad, la pasión, la comprensión y la confianza.
Más adelante estuvieron preparados para vivir juntos y pensar en formar un hogar. Así lo hicieron y nunca se vio una pareja tan feliz.
Valió la pena saltarse la muralla de la raza, pues lo que le esperó tras ella fue lo mejor. Y aunque había perdido por eso a su hija pequeña, cuando ésta cumplió dieciséis años buscó a su madre, quien la recibió con los brazos abiertos.
Conoció a sus hermanos y le preguntó a su madre el porqué de su abandono el día que cumplió dos años.
Con lágrimas en los ojos, Alba le dijo que nunca la habían dejado llevarla con ella, que no podía estar a su vera permanentemente discutiendo, aguantando humillaciones y alejándose de su propia vida más y más.
- No sigas, madre - dijo la chiquilla -que yo te quiero de todas formas, aunque no me hayas criado, te respeto mucho más. Sé que me has esperado y he venido a darte el abrazo que ansiamos.
Y así, con el hombre que tanto le enseñó y el amor de su hija que tanto había esperado, vivió con alegría, y cuando le llego la hora murió con la tranquilidad de saber que se iba pero había tenido la oportunidad de ver a sus hijos, a su esposo y la hija que le llenó un vacío tan grande que nadie había podido llenar.
Hay que aprender del amor, la amistad y la sinceridad. No dejarse llevar por nadie. Y sobre todo, vivir, pues en la verdadera vida es donde se aprende.
La Jurailla.

Padres y Madres de Alumnos.


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